miércoles, 9 de junio de 2010

Padre

Las malas noticias, cuando llegan, son como patadas en la boca del estomago. No ya las propias, con las que uno convive por siempre, esa es la vida: bueno y malo, alegrías y tristezas, ratos neutros de esfuerzo y superación, bajones y subidas… En la distancia, esta maldita distancia, las malas noticias te dejan, además, abatido, derrumbado e impotente, tan solo la palabra escrita o la breve comunicación telefónica palian en algo la sensación de abandono, la culpabilidad que acabas sintiendo por no estar junto a los que quieres, por estar fallando. Siempre he creído que debería estar en ese preciso momento en que tu amigo necesita que le mires, que le abraces, que sientas con él, con ella. Que uno abandona lo que tiene entre manos y va dónde sea, porque nadie debe estar solo en esos momentos, y que además no hace falta que te lo pidan, que eso se ve, se siente, porque estas con él, con ella, con ellos.

He intentado aprender a escribir, o más propiamente a juntar palabras de manera más o menos ordenada, para poder contar, para poder estar, para no olvidar, para justificar, para estar cerca, pero ahora se que es un ejercicio egoísta, no quiero perder, no quería perder lo que tenía, lo que tanto trabajo me costo conseguir, quería contar, con la complicidad de la distancia, todo lo que durante tanto tiempo tuve callado. De vez en cuando recibo correos en los que amigos me comentan que no pensaban que era así, que sentía así. Egoísmo y cobardía, silencio, siempre fui callado, me interesan poco más que los sentimientos y las personas.

Ayer escribí a L. contándole mis cuitas (porque de vez en cuando me siento mal y necesito hablar, escribir personalmente) añorando los cafés de media mañana en Las Fuentes, las absurdas discusiones que manteníamos desde casi adolescentes sobre cualquier cosa importante o no, y al enviarlo me sentí confortado. Le decía L. ¡Que bien me vendría un café contigo! o acabar borrachos sentados en cualquier rincón, entre risas, hipos y toses.

Hoy me ha contestado L. Está perdiendo a su padre en la cama de un hospital madrileño y me pregunta que se siente, que viene después.

L. no te he pedido permiso, pero necesito compartir esto, me siento tan mal, por favor discúlpame.

“Lo siento de veras, al final uno se vuelve egoísta tan egoísta como los demás y olvida que los demás también pueden pasarlo mal y sin embargo se callan.
Mal, sin alguien amado uno se siente mal, desamparado, rabioso, incontenible, uno ve el abismo de la nada y a veces el vértigo te impulsa a dar el paso hacia ese vacío del que se tarda tiempo y vida en salir. A veces una vida ni siquiera es suficiente. A veces nunca curas la herida, aprendes a convivir con ella, con ese dolor latente que aflora cada poco.
No es lo mismo perder a un padre de niño, a mi me quedaban todas las preguntas por hacer, todo un ejemplo que tomar, tenia todo por vivir.
Aun hoy lloro y me siento solo y no tengo el recurso de pensar en que hubiera hecho él, no lo se. A mi me sirve atribuirle todos los valores que he ido recopilando y aceptando como míos y seguirlos , y pensar que cuando hago algo que realmente merece la pena él estaría orgulloso.
Cuando estoy en España voy con frecuencia al cementerio de la Almudena y me siento frente a la tumba, me viene bien.
Con su pérdida aprendí a estar solo, a callar y solo después de muchos años, cuarenta nada menos he conseguido comenzar a contar a un amigo a miles de kilómetros, y entre lágrimas, algunas de las cosas que tenía guardadas y clavadas en lo más íntimo de mí y que jamás había compartido con nadie. De verdad que lo siento mucho, pero eres un cabronazo son las 9.30 de la mañana y llevo más de una hora llorando”

No puedo abrazar a L.

R. lamentablemente soy así, solo escribiendo puedo acercarme a lo que siento, el resto es silencio no desinterés, soledad y falta de habilidad para compartir.

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