Hay momentos en que sientes la impotencia de la distancia amarga y aflora el recuerdo de las pequeñas y grandes cosas que dan sentido a la vida y que ahora quedan físicamente muy lejos.
Iré a Macondo, pero no para recordar viejos tiempos nosotros no tenemos viejos tiempos porque somos el tiempo. Iré a Macondo para tener aun más cosas compartidas con mi amigo.
Qué curioso en Buenos Aires también había un Bar Macondo cercano a la plaza Cortázar, en Palermo, y también entonces, también allá, acudía con cierta asiduidad a homenajear a otro amigo.
Igual eso es vivir, vivir y compartir, aun en la distancia, aun añorando la cercanía física, porque creo que la proximidad se puede construir, porque como en Macondo la amistad, como el amor, es siempre tan reciente.
Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo.
Gabriel García Márquez
Cien Años de Soledad
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